Okkervil River cuidan de su fanbase. Lejos de querer mostrarse como un grupo grandilocuente y pretencioso, los creadores de “I Am Very Far” (Okkervil River) siempre han conseguido, por A, por B o por C, mostrarse como un grupo muy preocupado por su fanbase. Si ya en 2007 los fans pudieron disfrutar de un EP gratuito titulado “Golden Opportunities”, ahora los de Austin vuelven por fueros similares para ofrecer a todos sus seguidores la segunda parte de este disco de corta duración. En este caso los tejanos se han desmarcado con un total de 5 versiones de artistas tales como Ted Lucas, Jim Sullivan, David McComb, Bill Fay o American Traditional.
Una de las palabras más habituales a la hora de describir a Jeffrey Lewis, el personaje, en los medios americanos es “self-deprecating”, como si saber reírse de uno mismo fuera un defecto. En realidad, ese auto-desprecio es una treta: haciendo un rato el bufón, Lewis consigue que bajemos la guardia y nos planta algo tan serio y tan lleno de sentido como “Time Trades” y nos lo tragamos con la media sonrisa todavía en los labios. Un truco viejo que el cantante y comiquista neoyorquino domina como pocos. La mayoría de sus canciones esconden un genuino amor por la vida y una fascinación apasionada por las pequeñas cosas del día a día. Ridiculizarse a sí mismo le mantendrá alejado de los libros de historia, pero más cerca de nuestros corazones. Escuchen “Try It Again” e intenten seguir tristes. O prueben a no sonreír con “Cult Boyfriend”. “A Turn In The Dream-Songs” no es un disco sobre grandes asuntos, sino una obra honesta y humilde (aunque la nómina de colaboradores incluya a miembros de The Wave Pictures, Au Revoir Simone y Dr. Dog) sobre lo que más o menos cualquiera de nosotros sabe o sospecha. Pero es necesario llamarse Jeffrey Lewis para cantarlo en tres minutos y medio.
Hay vida más allá de other lips, other kisses. Eso han demostrado los de Getxo en la presentación de su nuevo mini álbum. ‘Great State’ supone un giro considerable en la carrera de estos bilbaínos, ahora más orientados hacia una música con bases guitarreras y melodías pegadizas.
El single ‘7.45‘ está compuesto desde una base de guitarra setentera con unos golpes de voz que se alejan bastante de su anterior elepé. La voz cobra protagonismo presentándose de forma más suave y melódica, así como los arreglos electrónicos y el teclado dejan espacio para un baile sin fin.
Un tema por el que apostamos como segundo single es ‘Let’s say i’m in love‘ que, según el propio cantante, no es una canción de amor, pero a nosotros nos ha enamorado. La canción comienza con una batería fuerte que se entremezcla con los coros de teclado y guitarra, recordándonos quizás al lado más Subiza de Delorean.
‘Love me‘, por el contrario, sí que es una canción de amor, de amor por la música de baile. El bajo comienza en su máximo esplendor, para dar paso a unos riffs de guitarra y a una batería que pone los pelos de punta. Este es un tema en el que el estribillo podría considerarse más musical que verbal, y es que los teclados estallan a mitad de la canción para no dejarnos quietos.
Completan el epé ‘Summer‘, la más repetitiva y común, y ‘The good ones‘, con un estribillo facilón, más coros y un teclado explosivo a mediados del tema.
Maga es uno de esos grupos del pop patrio que, o convencen a la primera o no entran ni con diez escuchas. Personalmente sus discos “de colores” (álbum Blanco, Negro y Rojo) de su primera etapa me gustan bastante pero algo pasó cuando ficharon con Mushroom Pillow y firmaron A La Hora Del Sol.
El cambio de los sevillanos fue palpable, rompiendo con la hegemonía que habían conseguido durante la primera mitad de la década del 2000 e introduciendo nuevas influencias y matices en su estilo. Esta evolución ha llegado a la fase 2 en su nuevo disco llamado Satie Contra Godzilla donde han conseguido romper definitivamente con casi todo lo hecho anteriormente.
En el quinto largo de Maga seguimos encontrando la curiosa voz de Miguel Rivera y la búsqueda del pop fácil, pero esta vez quizá demasiado fácil, predecible, prescindiendo de esos toques electrónicos y dando más peso a las guitarras. En esta ocasión no se complican tanto la vida y van más a los aspectos cotidianos del día a día.
Satie Contra Godzilla nos deja un poco fríos y con una sensación de tristeza porque los primeros Maga ya han desaparecido definitivamente aunque seguro que habrá quien prefiera esta nueva vertiente del grupo.
Los otrora raritos escoceses son ahora, especialmente en el Reino Unido, una banda de grandes recintos. Fue en 2007 con “Puzzles” cuando el trío dejó atrás el rol de banda de culto minoritaria, que es lo máximo que habían podido amasar con sus tres primeras obras, y se ganaron el favor de un público ávido del rock de tintes épicos y grandilocuentes, a rebufo de la ascensión de Muse al Olimpo del género. Su respuesta a la recompensa del destino fue echarse a la carretera a patearse durante dos años cualquier recinto que se les ofreciera, ya fuera solos o abriendo para todo tipo de bandas, desde Bloc Party a Queens Of The Stone Age. Fue entonces cuando se granjearon la teoría que para muchos les sitúa entre las mejores bandas actuales en directo. Hace un par de años publicaron “Only Revolutions”, un álbum todavía más melódico y apasionante que “Puzzles” y su nombre dio un nuevo salto hacia adelante. El cénit fue su aparición en el mítico Wembley Arena, que ahora tiene su predecible recuperación en formato físico. La banda muestra todas sus credenciales y haberes, además de sus compromisos, ya que quince de sus diecinueve temas pertenecen a sus dos últimos trabajos. Poco hubiéramos imaginado cuando intentábamos desentrañar las sinuosidades de “Blackened Sky” o “The Vertigo Of Bliss” la evolución comercial del trío, ahora aposentado en un lenguaje igual de críptico y atrayente, pero infinitamente más accesible y aceptado.
Tarot Classics son sus cuatro nuevas cartas (más dos remixes o unos cuantos extra si estás en la edición con bonus) para intentar convencer a los descarriados. Sólo que aquí se han convertido en más Weezer que los propios Weezer. De hecho, suenan al grupo de Rivers Cuomo, pero al del disco azul, al que tenía tantas deudas pendientes con Pixies como emoción powerpop guiandoles.
JP Pitts sigue siendo quien actúa de gancho entre las líneas melódicas de sus compañeros. Su voz es emotiva y, afortunadamente, en Tarot Classsic han decidido ser mucho menos rockeros que en singles como ‘Swim’, canción que podrían haber firmado unos Cars en baja forma (o sea, mal).
En el nuevo EP, ‘I’m Not Ready‘ o ‘Miranda‘ salen bien paradas en su forma clasicota. ‘Voyager Reprise‘ apunta a otros lugares menos transitados que los comunes y el comienzo de ‘Drinking Problem‘ es resultón, como lo han sido durante muchos años los de Death Cab For Cutie.
Quizás con ellos acaben Surfer Blood emparentados. Con este EP, Surfer Blood cierran su marcha a Warner. Allí intentarán ser grandes y puede que lo tengan sencillo: en el fondo, su música ya ha sido escuchada antes, no sorprenderá pero eso hará más fácil enganchar a los descarriados.
Hipersónica vota un 6,7Hace 20 años, este sonido era casi imposible de encontrar en las radiofórmulas. Hoy, es estándar, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.
Teníamos muchas ganas de escuchar este disco y por fin lo tenemos por aquí. Korallreven es como se hace llamar este dúo sueco formado por Marcus Joons y Daniel Tjader, que es ni más ni menos que el teclista de The Radio Dept., uno de los grupos que más aprecio tenemos por estos lares.
Este proyecto se fraguó durante un viaje que hizo Marcus por el Pacífico, impregnándose de sonidos llamativos para un escandinavo y compartiéndolos con su amigo Daniel que no dudó en unirse a él para crear Korallreven y firmar su primer largo bajo el título An Album By Korallreven.
La variedad de influencias es riquísima, llevándonos del dream pop más hedonista, al chillwave, shoegaze de teclados pomposos made in The Radio Dept., ritmos tropicales y electrónicos. Un regalo para el oído que lleva al oyente desde la melancolía risueña hasta el optimismo más descarado a lo largo de sus diez temas.
An Album By Korallreven es un disco muy disfrutable en la intimidad, para detenerse tranquilamente en todos los matices que van ofreciendo Marcus y Daniel y sacarle todo el jugo a este sueño de 45 minutos.
Un mes después de lo anunciado lo nuevo de Zahara está disponible en formato físico. Unas semanas de desasosiego para aquellos que esperaban con avidez poder tener este trabajo en sus manos y del que ya pudimos escuchar gran parte de las canciones en una espera no tan dolorosa como eterna... “La pareja tóxica” es el título de este LP asentado en Music Bus y postrado a los pies de ligamentos emocionales rotos de dolor. La cosa promete... “La pareja tóxica” se envuelve en la capa de la madurez que todo proceso requiere. En este caso, el proceso de la vida, tanto de la personal como de la profesional de Zahara. Un hacerse mayor con voz propia, arriesgando y curando heridas... sabiendo que en esta cura esas mismas heridas quedan expuestas a las inclemencias del tiempo. Uno de los discos que más esperábamos, que más nos ha sorprendido (para bien, desde luego) y que más vamos a escuchar, incluso mentalmente.
Su segunda entrega bajo el alias EH! supone para Elías Egido (Standstill, E-150) volver a incidir en esa tesitura tan particular que transita en los alrededores del post-rock, el jazz o la banda sonora imaginaria. Un afortunado álbum que profundiza y amplia los conceptos de su debut, “36 de 48” (09), con una pátina extra de madurez y convicción forjadas con la experiencia de las labores de investigación ejercitadas por el bajista, así como con el dom inio de esos terrenos, harto singulares, que el de Badalona dibuja al lado de un excelente séquito de colaboraciones para su lucimiento. Es por eso que, pese a la notable variedad establecida, este compendio de registros elaborados sin cortapisas estilísticos no sólo representan un crisol altamente creativo adornado de múltiples referencias –de Tortoise a Zorn, de Tzadik a Constellation, de Chicago a Montreal-, sino que revelan la seguridad de un músico con las ideas muy claras cuya frescura y dinamismo, así como su solvencia y elegancia, visto lo visto en el actual panorama estatal, deberían ser merecedoras de una mejor suerte.
Un álbum que, creativa y líricamente, marca un punto y aparte para su autor. Un álbum que se dio a conocer por todo lo alto en un Tour virtual online a lo largo de los diez días previos al lanzamiento del disco. Cada día se presentó, una de las canciones del disco con un video propio para cada una de ellas, en diferentes plataformas de internet, blogs, webs y revistas musicales.
No vamos a estas alturas a pararnos a hablar sobre las excelencias de la carrera de Alex Díez, bien al frente de COOPER o de sus míticos LOS FLECHAZOS. Su voz, su estilo, su figura, incluso todo aquello que rodea a su leyenda, siguen estando ahí y lo seguirán estando para todos aquellos afortunados y deseosos de disfrutarlas.
Y es que las canciones de COOPER hablan por sí mismas, explican el estado de ánimo y la situación de su autor, y transmiten todo esto de manera mágica y tremendamente emocionante. Pero en esta ocasión más que nunca, si cabe. Porque “Mi universo” es probablemente el álbum más personal de Alex, y así lo quiere indicar su propio título. Una grabación mimada hasta la extenuación, realizada en los míticos Konk Studios de Londres, estudios fundados a principios de los años 70 por Dave y Ray Davies (THE KINKS), y en el que han grabado artistas como BLUR, THE STONE ROSES, THE ARTIC MONKEYS, SUEDE, SPIRITUALIZED, THE CHARLATANS, Elvis Costello, THE BEE GEES o, como no, los mismísimos THE KINKS. Unos estudios que representan un sonido, una forma de entender la música de la que Alex Díez es estandarte dentro del panorama musical, y esa chispa, esa conjunción, ha provocado la magia que despide cada sonido del disco, y que hace de éste, su cuarto álbum, el mejor de su carrera. La producción de "Mi Universo" corre a cargo de José María Rosillo [Linda Guilala, La Buena Vida, Kiki D’aki, Russian Red, The Sunday Drivers... y grandes nombres del pop español]
“Little Sparks” es el nombre del nuevo EP de los irlandeses Delorentos, un pequeño aperitivo de lo que será su tercer trabajo. Compuesto por 4 nuevas canciones, se distribuye digitalmente y en un formato especial de CD + Magazine, donde además de poder tener el álbum físicamente podremos disfrutar de una revista que a través de 40 páginas repasa la trayectoria de los personajes más relevantes del mundo cultural de Irlanda. Este pack no se vende en tiendas por lo que solo se puede adquirir durante los conciertos acústicos que realizará la banda en breve.
Ornamento y Delito no son uno de esos grupos modernos ni para modernos, pero quién sabe, en este mundo de locos cabe la posibilidad de que algún día se pongan de moda. Son un grupo de verdad, con mayúsculas, de esos que no necesitan campañas ni apoyos externos para labrarse una carrera y hacerse un nombre.
Nacidos a finales del 2006, afincados en Madrid, con tres miembros oriundos de Vizcaya (Portugalete y Santurtzi) y un cuarto del cinturón de la capital (Mejorada del Campo), se les supone una actitud difícilmente quebrantable. Como hito biográfico decir que tras uno de sus primeros conciertos todo su equipo y el coche en el que viajaban ardió a la altura de Los Monegros, pudiendo contemplar sus ilesos ocupantes todo el proceso de combustión. Esas cosas dejan huella, así como una larga historia musical a sus espaldas (tan larga como subterránea). Nombres como El Eterno Femenino, Goofy, Los Esbirros del Barón Ashler o GGQuintanilla pueden sonar a chino incluso para los oídos más despiertos, pero de ahí nace el germen de OyD.
Con tres discos autoeditados (Relicario, 2007; O+D, 2008 y Putas y cocheros, 2009), conciertos por diversos puntos de la geografía, participaciones en concursos maqueteros y galardones varios, llega el momento de asomar la cabeza, y orgullosos enseñar su música al mundo, así como su visión del mismo.
En lo musical, y fuertemente influenciados por lo más árido de nuestros clásicos contemporáneos, las guitarras mandan y se apoyan sobre una base sólida como la piedra para dejar el espacio justo a una voz tan personal y llena de matices como grave y cavernosa. Y en lo lírico, plagada de referencias a "residuos" de todo tipo y personajes extremos y periféricos, al margen de la moda y de ningún aparente interés, aunque llenos de autenticidad.
La nómina de grandes voces femeninas se amplia cada día con nuevas adquisiciones , por eso Lisa Hannigan corría el riesgo de quedar en segunda o tercera línea de la realidad musical que nos rodea, y eso pese a las exageradas alabanzas y premios que cosechó su anterior álbum “Sea Sew”. Pues bien, este magnifico “Passenger” debería servir como excelente puñetazo en la mesa para revindicarse como solista y compositora con todas las de la ley. Lisa ,que en la actualidad cuenta con treinta años de edad, ha ido atesorando experiencia de la mano primero de Damien Rice, con el que compartió escenarios durante siete esplendorosos años, y luego en solitario, pero todavía no tenía ese disco que hiciera justicia a su maravillosa y aterciopelada voz. Ahora sí. “Passenger” es un disco variado que se mueve en terrenos de la canción de autor clásica al servicio de una gran vocalista y los arreglos –produce nada menos que Joe Henry- no hacen más que apuntalar, ahora la delicadeza, ahora la calida desnudez de las tonadas. De esa guisa el disco abre con una esplendorosa y épica demostración de pop barroco y engolado en la línea del último de Feist, por poner un ejemplo próximo en el tiempo. Tras esta en “Sail” se pone sinuosa e intrigante a través de un precioso medio tiempo en el que destacan su capacidad para el gorgorito y apuntalar la tonada con un timbre tan dulce como cristalino. “Knots” es otro de los grandes temas del disco, basado en el bucle trotón de una mandolina y la clarividencia vocal de nuestra protagonista que va subiendo el tono en un emocionante crescendo que no hace enemigos. Si una pega cabe achacarle al disco es quizás que se pone un tanto obvia en “O Sleep” una delicada balada interpretada junto a Ray LaMontagne o en la sinuosidad folk de esa perla llamada “Paper House”, pero pronto recupera el pulso con “Little Bird” una tierna tonada interpretada solo con el pellizcar clásico del nylon y su voz, o que decir del excelente broche que le proporciona “Nowhere To Go” para lucirse. Laura Marling ya tiene una alargada figura que le puede hacer sombra a la hora de proclamarse musa folk del año que vivimos peligrosamente.
Charlie Hilton y Patrick Adams se conocieron en la Academia de Arte de Los Ángeles y empezaron a soñar. Ambos siempre habían pensado en formar un grupo pero necesitaban el impulso y el tiempo necesario para embarcarse en un proyecto, de primeras, nada ambicioso que poco a poco fue cogiendo forma.
Tanto fue así, que cuando tuvieron unos cuantos temas compuestos, no dudaron en ponerse en contacto con el amigo de un amigo que no era otro que Jacob Portrait, productor de Starfucker, Unknown Mortal Orchestra y The Dandy Warhols entre otros, para empezar a grabar bajo el nombre de Blouse.
Los resultados los hemos ido viendo a lo largo de los últimos meses con sus singles Into Black & Firestarter, Shadow y Nights & Days y el sello neoyorquino Captured Tracks no dudó en echarles el lazo (aunque el primer single lo editaron en Sub Pop) ya que Blouse tenían todos los ingredientes que le apasiona a esta discográfica: indie pop ochentero con toques electrónicos y reminiscencias lo-fi.
Este mes publican su debut homónimo donde podemos encontrar los tres singles ya mencionados más una colección de temas pop en todas sus vertientes donde harán disfrutar al oyente en su primera escucha.
Han pasado prácticamente tres años desde que me encontré con una maqueta capaz de cautivar tanto por su candidez como por sus preciosas canciones. Desde aquella lejana tarde hasta el día de hoy han pasado muchas cosas (el dúo participando en nuestras demoscópicas, ganando concursos, colando uno de sus hits en una campaña publicitaria televisiva o incluso fichando por un sello reputado como Mushroom Pillow...), marcando un lapso de tiempo demasiado largo para una banda joven. Tanto tiempo que, una vez escuchado “Barcelona”, apenas seis temas en formato mini-álbum, uno debería sentirse decepcionado al encontrarse un puñado de canciones que hace mucho que forman parte de su vida. Pero, y aquí está la excelente noticia, para suerte de todos no es así. Quizás Mario Gutiérrez y Joan Sala no hayan aprovechado esta larga temporada para componer, pero pueden estar ustedes seguros que tampoco la han desperdiciado en lo más mínimo. Juntos han ido puliendo sus canciones y su sonido, alcanzando la pureza de intenciones que su pop electrónico requiere, han redondeado la estructura de sus canciones hasta que hacernos sentir la sensación de que todo funciona a la perfección, desde las líneas de teclado de Sala hasta las emotivas letras, los bonitos estribillos (todo cantado en un inglés sin tacha) y las acústicas de Gutiérrez, pasando por detalles como las mágicas cuerdas digitales que han añadido a ese hit indudable que continúa siendo “Welcome To Life”. El resultado es un “Barcelona”, que sabe a poco, pero que, solamente por incluir “Dreams”, “Paperboy” y la ya citada “Welcome To Life”, ya pide a gritos un lugar de honor entre los lanzamientos estatales firmados por bandas jóvenes.
En una primera escucha te sorprenderán; en una segunda, asumirás que La Iaia ha optado por el camino más arriesgado y curvo: “Les ratlles del banyador” (producido por Paco Loco) es un disco rupturista, un debut que poco o nada conserva de la maqueta que lo precedía (“El meu vaixell”, 10). Un largo que pierde en inmediatez para ganar en detalle, profundidad y valentía. El trío de mosqueteros de Vic, flamantes ganadores del concurso Sona9, nos han obsequiado con un disco que de inocente sólo tiene el título y que rebosa personalidad y ambición artística. Atrás queda el monopolio del costumbrismo en sus letras (“Ella cus”, deliciosa), sacrificado por una escritura más directa, menos descriptiva -centrada en las relaciones y la comunicación-. “Declaració de principis”, “L’explosió” o la revisionada “Jo vull ser la meva iaia”, ya no transitan el espacio común -sin alejarse de la canción de autor-. Se antoja a Herman Dune, sabe a algo más allá de un pop-folk anglosajón y la incursión en un campo más libre (piano, bajo eléctrico, coros o xilófono, transversal) les hace bien: la “iaia” sigue haciéndose mayor, y qué bien le sienta.
El críptico Bradford Cox lleva desde hace pocos años desdoblándose en sus distintas facetas musicales, y manteniendo a través de ellas una actividad prolífica tanto como líder de la banda indie-rock Deerhunter como con su proyecto en solitario Atlas Sound, el cuál recupera este mes para publicar un nuevo larga duración, Parallax.
El músico de Atlanta sigue explorando en su tercer álbum de estudio en solitario sus paisajes brumosos moldeados por aires de folk enrarecido y matices psicodélicos. Cox destapa el tarro de las esencias mediante las modulaciones crooner y soul que adopta su voz enigmática e hipnótica. El resultado final son estos 12 temas trazados con suave contorno, luz tenue, y sabor perecedero que en ocasiones están más cerca del psych-folk de Panda Bear (“Te amo”), o del pop lo-fi de bandas indies de la costa oeste (“My angel is broken”) , y en otras, se ajusta más al molde de pop pulido por harmoniosos arreglos de efecto adhesivo como en el primer álbum de MGMT ( de hecho en la canción “Mona Lisa”, Andrew Vanwyngarden de los MGMT pone su granito de arena mediante piano y coro). Parallax es una música que parece surgir tímidamente de un oscuro aislamiento para erigirse con el paso del tiempo en un estado de ánimo más penetrantes de lo que cabría pensar desde el inicio. Estamos ante un gran álbum que encaja a la perfección para las escuchas invernales resguardas en la calidez del hogar.
Manos de Topo presentan nuevo disco, "Escapar con el anticiclón". 10 canciones que grabaron este verano en el estudio de Santi García en Sant Feliu de Guíxols con Ramon Rodríguez como productor, que conforman su obra más completa hasta la fecha, y que abre un nuevo camino para el grupo. Y lo hicieron de manera decidida, reinventándose, sustituyendo elementos tan identitarios como la acústica, el casio o el xilófono, por capas de guitarra eléctrica y teclados, que aportan una nueva dimensión a las armonías y al imaginario, casi único hoy día, del grupo. Y es que la propuesta de Manos de Topo rinde tributo a los pesos pesados de la canción ligera (Julio Iglesias, Camilo Sesto, Perales), ensalza el romanticismo más costumbrista y suma elevadas dosis de dramatismo trágico-pagafantil. Como no podía ser de otra manera, el disco está plagado de frases lapidarias y memorables, que esta vez suenan más rotundas que nunca. Las canciones de Escapar con el anticiclón hablan de esa acción en concreto. El hecho de crecer y aceptar el compromiso de una relación. Sacar pecho ante los buenos momentos y mantener el barco a flote ante los malos. O bien huir a las primeras de cambio, cuando las cosas no van tan bien. La difícil toma de decisiones en un cruce de caminos cargado de emociones, donde decidir si avanzar o retroceder -asumiendo todas las consecuencias- inmerso en un mar de dolorosa sinceridad.
Los paisajes de Barcelona, su luz, sus estampas y sus olores se cuelan por las rendijas de “Claroscuro”, segundo disco de Alberto Montero, antes en Shake y por vez primera entregado al castellano, el ejemplo más claro de que en la España musical siguen existiendo malditos a su pesar, un underground sin vocación de serlo. Imperdonable. Al igual que ocurrió el pasado año con “Los veranos y los días” de Dotore -curiosamente o no, otro delicioso cantautor pop cautivado por los encantos de la Ciudad Condal-, esta colección nos agarra por la pechera, y lo hace transportándonos desde el primer momento a un universo atemporal, en el que Montero reconoce la deuda con uno de los padres del rock argentino, Luis Alberto Spinetta. Levantado a partir de la guitarra acústica y la voz (a veces “medievalesca”, siempre juguetona, más expresiva que virtuosa) y elevado por obra y gracia de unos arreglos deliciosos y hasta lujosos (las cuerdas en “Duermevela” con las que se abre el disco), la secuencia de cinco canciones que componen la cara A es sencillamente inapelable. Baja un peldaño el segundo tiempo, lo que no impide que pocos discos de estas características, nacionales o de fuera de nuestras fronteras, vuelen tan alto en este 2011.
Con influencias del Pop británico, algo que ha marcado bastante el ritmo de todos sus temas, The Noises se han basado en las experiencias que han recogido durante todos sus conciertos en directo, además de los dos anteriores EPs para producir su primer álbum de estudio. En cuanto a las canciones, todas ellas hablan de experiencias personales que presentan a todos los demás, y también de como huyen del pasado para vivir siempre mirando hacia delante. Si tuviéramos que resumir su trayectoria en pocas líneas, deberíamos destacar que han sido los ganadores de la IV edición de Festival Jack Daniel’s Backstage, del Festival Independiente Radio Utopia y del concurso Music Concept.
Durante el verano de 2011 “The Noises” han ido calentando motores actuando en algunos de los Festivales de la geografía española como Mancha Pop, Arenal Sound y Sonorama .
En cuanto al sonido huyen de los tradicionales sonidos asociados a los grupos de la península y se van claramente a por sonidos tendenciosos al rock británico y americano. Suenan a The Strokes, Arctic Monkeys y Kings of Leon, todos ellos mezclados y a la vez completamente distintos, combinando nuevos registros hasta ahora desconocidos en una banda de estas características. Se trata de una música divertida, bailable, muy del estilo que tan de moda está últimamente en las mejores discotecas indie de España, pudiéndose catalogar sus temas como Pop-Rock agitado, donde las fronteras entre los diversos géneros no sólo no están definidas, sino que constantemente unas con otras se solapan, se funden, se reinventan.
Florence Welch cayó como un meteorito candente en 2007 gracias a la publicación de su álbum debut Lungs. La artista inglesa aunaba talento e imagen, condiciones indispensables para convertirse en estrella del pop. Cuatro años después llega su segundo LP, y sus capacidades para convertirse en figura importante del pop actual se confirman.
Entroncada en el territorio de solistas femeninas que abrazan el pop, marcadas por la emoción, y practicantes de las confesiones amorosas (Adele, Kate Nash, Lilly Allen y Kate Bush), la apuesta de Florence + the machine pretende diferenciarse de éstas mediante unos arreglos barrocos que envuelven de matices, y convierten sus sonetos de amor en piezas con un halo de calidez y magia. Ingredientes que vuelve a reproducir aquí con exactitud y oficio, y que vuelve a encontrar su mayor potencial en composiciones recordables y hechizantes como “Only if for a night”, “Sake it out”, “Breaking Down” o “No light, no ligt”. Pese a alguna salida con sabor soulful (“Lover to lover”) Ceremonials incide en la fórmula de éxito, dejando cierta sensación de deja vu al finalizar su trayecto, y que tan bien le está sirviendo a Florence Welch para ganarse un puesto de honor en el olimpo de las divas pop.
Su primer single, publicado en abril, fue número uno en Jenesaispop y sirvió para llamar la atención de cualquier melómano que busque artesanía pop. Pero no sólo aquellos que añoran los mágicos 60, sino todos los que buscan canciones con armonías, melodías y arreglos de los que ponen los pelos de punta. Nacho y Pilar son el núcleo de un grupo que se apropia de lo mejor del pop y folk de los 60 y lo traslada a la actual escena española; cantan en castellano e inspiran recuerdos de Nick Drake o The Byrds tanto como de Belle And Sebastian o Vetiver. No ‘intentan’ recrear épocas doradas, simplemente sucede de forma natural.
Si la perversión fuera un fonema, debería ser el sonido desgañitado de un dolor expresado con la onomatopeya más tétrica jamás pensada. No porque necesitemos de mayores apelativos para definir la oscuridad, los entramados perversos, los axiomas de paráfrasis ciclotímicas, no. Más bien por comprender las fases del dolor desde la peculiar perspectiva de un ejercicio que esquiva lo cósmico y entra a formar parte de una mecánica narcisista, esquiva, magullada, oscura pero luminosa al fin. Una suerte de banda sonora temática de lo que debía haber sido Melancolía: partes diferenciadas tremendamente confesionales sobre el verbo, lo sensitivo, la reacción, la aceptación, el temblor, lo posterior. Dolores debutan en largo pero, curiosamente, no con lo puesto ni lo impuesto, sino con uno de los mejores tratados de pop ochentero post-punkero pero accesible, sin caer (como viene siendo habitual) en las marañas psico-instrumentales que acaban creando una tela de araña imposible de romper. En este caso, Disco Póstumo es una bomba de relojería que podría haber sido parida por Eduardo Benavente, Poch o José Luis García, pero convirtió su origen en un ejercicio revival, preciso, hiriente y herido. Pupas.
Parece hecho a posta. Una vez que toda aquella ola de bandas madrileñas y foráneas orgullosas del post-punk, de las oscuridades de la new wave, del pop gótico de The Cure y Echo and the Bunnymen han decidido, en su mayoría, tomarse un receso como es el caso (en tonos más seriotes) de Nudozurdo, Havalina, CatPeople o La Débil, (en tonos más paródicos y estáticos-estéticos) de Los Punsetes, Los Directivos o La Bien Querida, (en tonos más vitamínicos) de Juanita y los Feos o (en tonos más mestizos) de Pony Bravo, Dolores van y abren la puerta en medio de la siesta. Disco Póstumo utiliza esa estética mimada, gótica, gruesa, de ritmos firmes casi mecánicos, bebiendo tanto de aquella new wave y post-punk marca británica como de ciertos complejos formalizados en algunos proyectos tóxicos de los ’90 como Nine Inch Nails, Garbage o Hole, entre otros, y el ejercicio supera lo resultón. Esa patente de corso robada a Parálisis Permanente, Patrullero Mancuso, La Dama se Esconde o Viuda Gómez e Hijos es la que imprimen en auténticos singles como Cortafuegos, Cocodrilos de Marfil o KDR, auténticos bastiones de un elemento que eleva a Teresa Cobo en la perfecta mezcla entre Siouxsie Sioux, la Christina Rosenvinge de Los Subterráneos, Isa Cea de Triángulo de Amor Bizarro (en Cocodrilos de Marfil parece ella, de hecho) y Ariadna de Los Punsetes: una meta-artista (además de que lo es: se encarga de firmar esas pinturas góticas tan sugerentes del arte de la banda) que colisiona su expresión estática con un método para contar las cosas que la acerca más a un día de verano que a la noche de Halloween. Incluso hay espacio para entender guiños industriales (Temblor), escarceos semi-grunge (Nicho / Loft), coqueteos con el synth-pop más nervioso (Volcán) y reversiones al legado de Robert Smith y los suyos (La estructura de las revoluciones del año). Disco póstumo no sé, pero uno de los dos o tres debuts del año, fijo.
Desde los primeros acordes de “Introlude” hasta la despedida acústica de “Revelation”, el nuevo disco de TL3L transcurre entre psicodelia, rock setentero y ritmos modernos contundentes y bailables, pero sobretodo cautiva por la calidad de las canciones, composiciones intachables, trabajadas hasta la saciedad y meticulosamente producidas.
Estribillos coreables como “Andromeda” o “Lonely parade”, hits incontestables como “Your bruising charm”, “Visions from Oniria” o “Black Sea”, junto a experimentos de aires folkies como “Slepwalker”, conforman un entramado de canciones que hace terminar el disco con una sonrisa y ganas de pulsar el Play de nuevo.
Si bien esperábamos un buen disco, “Visions from Oniria” ha superado nuestras expectativas. The Last 3 Lines se sitúan con este trabajo a la cabeza de una escena indie-rock española falta de propuestas personales, sin perder de vista las canciones redondas ni la pista de baile. Una apuesta que desde Aloud Music nos enorgullecemos de apoyar, a la espera de que la banda reciba, por fin, el reconocimiento que merece.
Empieza a sonar “White Elephant”, primer tema del quinto trabajo de los británicos, y te das cuenta de cómo has echado de menos las sofisticadas melodías mezcladas con la gélida voz de la búlgara Mira Aroyo. Ladytron es una de esas bandas necesarias para aportar banda sonora a determinados momentos y estados de ánimo. Y en ello son imbatibles. A estas alturas ya no vamos a pedirles que den forma a un álbum redondo de principio a fin, algo que nunca han sido capaces de hacer. Tampoco esperaremos a que el gran público fije por fin la mirada en ellos. Si no lo hicieron con “Playgirl”, “Seventeen” o “Destroy Everything You Touch”, no lo van a hacer ahora con “Ambulances”. Solo nos queda relajarnos y disfrutar del viaje que nos tenga preparado el cuarteto. Un viaje imperfecto, irregular en su trayecto, pero siempre capaz de dejarnos satisfechos. Ellos siguen evolucionando a su manera, cómodos en su estatus de grupo irremediablemente de culto. “Gravity The Seducer”, lejos del abigarramiento y experimentación de “Velocifero”, pero tampoco cerca del synth pop sin ambages de “Witching Hour”, lleva la banda a un terreno más atmosférico y espacial, con menos presencia de la voz de Aroyo y más protagonismo de sintetizadores y teclados. “90 Degrees”, “White Gold” o la misma “White Elephant” se encargan de demostrar que los momentos de lucidez no dejan nunca de aparecer en las referencias de los de Liverpool.
Este año el trovador errante con el corazón roto Cass McCombs parece haber hallado la vena más productiva. Tras lanzar a principios de año el desangelado aliento que supuso Wit’s End, regresa ahora con Humor Risk, una nueva publicación que llega a las tiendas apenas seis meses después del penúltimo trabajo.
Si en Wit’s End nos sumergía en los rincones más oscuros y agrietados de las miserias humanas, Humor Risk podría considerarse el primer atisbo de luz en el túnel de la amargura por el que transita este cantautor. Esto no significa que McCombs se haya alejado de su reposado y lánguido estilo musical, y de esa voz susurrante extraída de heridas sin cicatrizar, o de esas letras sobre dramas humanos. Sino que lo ha dotado de un envoltorio más oxigenado para suavizar la densidad emocional a la que te transporta su música (lo consigue con solvencia en la cabalgada country-folk de “Robin Egg Blue” o en la exploración rockera en “Mistery Mail”) Esto no quita, que los temas más arrebatadores y cegadores sigan procediendo de las entrañas más profundas y castigadas. Como son “To every man his chimera” o “The same thing”, ese carrusel de tiovivo ensartado por flashes de psych-folk, y excepcionalmente estructurado en sus distintas estrofas. O el cálido abrazo con tintes de Nick Drake y el folk psicodélico de finales de los 60’s con el que despide el álbum (“Mariah”) Este incorregible solitario vuelve a ponernos el corazón en un puño con su mezcla sensata de sensibilidad, arrojo y pena. En Humor Risk nos vuelve a hipnotizar mediante páramos melancólicos, de una tristeza arrebatadora, pero al menos se aleja del nihilismo fúnebre del LP de principios de año.
Llega a las tiendas "Dead End", el debut de No Band For LLuvia, un grupo en el que confluyen las personalidades, bagaje y talento de la cantante y actriz LLuvia Rojo, el guitarrista galés ex-Sunday Drivers Lyndon Parish, el bajista neoyorkino ex-Iconoclast Kevin Kajetzke y Pascu Monge a la batería.
Una imagen enigmática y poderosa, un debut brillante y un directo contundente. Estas eran las bazas de Justice hasta ahora, sin olvidarnos de los innumerables remixes y colaboraciones y sus EPs y singles. El segundo largo del dúo parisino se estaba haciendo esperar después de los cuatro años que han pasado de †.
Gaspard Augé y Xavier de Rosnay han ido desgranando a lo largo de estos meses cinco de los temas que contendría Audio, Video, Disco, con especial mención a Civilization, pero es ahora cuando se puede escuchar al completo.
¿Hits? los hay. ¿Qué esperábamos más? también es cierto. No es que bajen el listón si no que parece que el disco se parte en dos entre el sonido característico que tienen los franceses y una nueva vertiente más descafeinada, casi experimental, que habrá que prestar más atención. En las primeras escuchas da la sensación que no es tan redondo como su debut pero lo cierto es que uno de los discos más esperado del año ya se puede degustar y eso siempre agrada.
Lejos de ser la gran sorpresa que arrasaron en las listas de ventas francesas allá por 2008 con “A Mouthful”, The Dø vuelven con un álbum de lo más sugerente y del todo vicioso que, pese a su falsa sencillez, con las escuchas gana enteros y deja apreciar todos esos pequeños arreglos que se esconden tímidamente entre sus composiciones. Continúan con su amalgama estilística en la que tanto caben las texturas del actual pop escandinavo (al igual que ocurre con Lykke Li, la frialdad melódica se ve sobrepasada por una sonoridad que da ganas de abrazar al primer ser viviente que veamos por la calle), las justas orquestaciones de acompañamiento que ni mucho menos pretenden llegar al empalago épico (“Leo Leo”), un breve recuerdo a aquel paréntesis tribal y rítmico que dejaron entrever en el Ep “Dust It Off” el pasado año (“Slippery Slope”) y una Olivia que ha conseguido mejorar considerablemente sus dotes como vocalista. Pero lo importante del asunto es que autoproduciéndose han dado un paso firme para dejar de ser considerados exclusivamente los intérpretes de “On My Shoulders”. Qué levante la mano quien no haya acabado seducido por temas como “Bohemian Dances” o “The Wicked & The Blind”.
Lo del dúo londinense Summer Camp empezó como un flechazo inmediato con su música (¿o su estilo?) a raíz de la publicación, el pasado año, de este hermosos tema/videoclip de “Round the Moon”. Tras alcanzar cierta notoriedad en la blogesfera con sus videoclips, y el EP “Young”, por fin llega a las tiendas su puesta de largo en LP. Welcome to Condale es su título, y con él Elisabet Sankley y Jeremy Warmsley expanden su imaginario synthpop de raíces ochenteras y nostalgia teen mediante la creación de un pueblo ficticio en California desde donde ubican todas las historias que componen el trabajo discográfico.
Si bien sus coordenadas estilísticas siguen estando cerca del synthpop, la chillwave, lo-fi o el disco-pop de influjos ochenteros, también es visible que en Welcome to Condale presentan otros matices más directos, con más capas electrónicas, con presencia más acentuada de guitarras, nuevos horizontes que han logrado expandir gracias a la producción de Steve Mackey (bajista de Pulp); excursiones dance en “I want you”, la sombra de Moby en“Nobody Knows you”, el dark dreampop de “Done Forever”, pulsiones electro a lo Kills o Crystal Castles en “I want you” . Pero sí hay que rendirse ante este glorioso rookie album es por el placer alargado que conlleva enfrentarse a 12 temas que en ningún momento bajan de cilindrada y que mantienen el mismo patrón encandilador de melodías vaporosas sobre amores y desamores en la adolescencia. Summer Camp no sólo acalla de golpe las voces que los veían como una propuesta extremadamente naiff y esteta para un par de temas, sino que nos dejan soñando con su dreampop acogedor a la espera de nuevos romances en ese Condale u otro pueblo de su delicado y entrañable imaginario.
A David Lynch siempre le ha apasionado la música. Aunque su vocación es el cine, nunca ha desperdiciado la oportunidad de dar rienda suelta a su faceta escondida y ya desde El camino de los Sueños, película de 1977, incluyó una canción escrita por él acompañado por Peter Ivers. Posteriormente colaboró en varias ocasiones con el compositor Angelo Badalamenti para Twin Peaks, con el pianista polaco Marek Zebrowski para Inland Empire y en el gran álbum Dark Night of the Soul de Danger Mouse & Sparklehorse, pero no se había atrevido en solitario. Hasta ahora.
David Lynch ha lanzado su primer álbum propio que lleva por nombre Crazy Clown Time y que el mismo Lynch define como blues moderno. Realmente estamos ante un disco de rock con grandes dosis de electrónica ambiental, acompañado en todo momento por la voz del señor David camuflada por el vocoder.
Un trabajo lleno de matices, introspectivo, donde ha contado con la colaboración (en el tema Pinky’s Dream) de la genial Karen O y donde nos muestra, igual que en sus películas, su peculiar visión de la realidad. David Lynch por fin se ha quitado la espina de hacer ese disco con el que tanto había soñado.
“Conatus” (Souterrain Transmissions, 2011), tercer material largo en los poco más de tres años que Nika lleva pariendo singles, EPs, splits y, claro, álbumes, quizá sea la consumación en versión moderada detrás del atolondrado y declarada y macizamente asustadizo y desesperado “Stridulum II” (Souterrain Transmissions, 2010). No porque su segundo álbum haya sido una locura poco formal y manejable el siguiente ejercicio tiene que tratarse de su versión light para que no piensen que está como un cencerro (porque, querida, lo estás igual), sino más bien para reunir a las multitudes en torno a una serie de combinaciones perfectistas entre el sonido de sintetizador en versión ochentosa pero también cercano a actualizaciones modélicas como Cold Cave. Quizá por eso con este tercer LP Zola Jesus se acerque un poco más al catálogo de sellos como Not Not Fun (Umberto, LA Vampires, Innergaze) o AMDISCS (Dream Boat, Terror Bird o Persona La Ave rezan al revés desde una esquina) que al de la desesperación sintomática, aquejada, traumatizada y violada de aquellos congéneres del witch house hoy, parece, olvidados (Mater Suspiria Vision, SALEM o How to Dress Well, entre otros). Misma razón, la de esa apacible pasividad y congregación de tonos ocres, la que le lleva a lanzarnos a la pista de baile en el ecuador del disco, con ese hit metamórfico y espacial titulado “Seekir”.
En definitiva, “Conatus” es un trabajo bastante más adulto, moderado y que moldea los escasos recursos que la sintética simplista ofrece para prepararnos un plato de la casa en el que las ínfulas de muchacha cercana al pop dejan entreverse en “Vessel”, pero las de esa mujer que saca a pasear esos tonos vocales soul embebidos en una atmósfera exquisitamente ochentera como “Hikkomori” la coloca frente a nuestros ojos como una diva versátil: la misma que golpea sobre su propia cuadrícula como si de la PJ Harvey más riot se tratase en algunos momentos de “Lick the Palm of the Burning Handshake” o que deslumbra con luminarias redentoras casi de iglesia del siglo XXIII en una “Collapse” que es todo metáfora, confesión y queja magullada. Mil pequeños dolores blancos.
Una de las cosas que más me tiraba para atrás del primer álbum de Real Estate, era su sonido más lo-fi, y lo poco que se preocupan en sacar un partido más pop a unas canciones con mucho potencial. Afortunadamente, en este segundo trabajo se han dado cuenta, y no solo se han currado una producción limpia y llena de matices, también han sacado su vena más pop, y más playera, y ahora suenan de maravilla. No me sorprende demasiado, ya que hace poco avisaron de por dónde iban a ir los tiros con su estupenda versión de Barely Legal de The Strokes.
Days es una autentica delicia donde apenas hace falta un estribillo redondo, aunque sí que los tiene, para quedarte totalmente enganchado de sus melodías y de esas guitarras tan cristalinas que suenan a gloria. Desde el comienzo con esa maravilla llamada Easy, uno ya se queda totalmente prendado de su música. Y es que hay tres o cuatro temas que se salen de tono más pausado del disco que son una autentica joya – Wonder Years, y sobre todo It’s Real y sus “ohhhhhs “van directos a lo mejor del año -, y solo con ellas se justifica la escucha de este disco. Lo bueno es que la cosa no acaba ahí, e incluso algún que otro instrumental como Kinder Blumen o la extensa canción con la que lo cierran están al mismo nivel. Por no hablar de esos temas más tranquilones – Green Aisles y Out Of Tune – que suenan como tenían que haber sonado los mejores temas de su primer trabajo.
Empecemos apuntando que esta chica medio americana medio francesa no es una cantautora al uso. Por un lado sorprende su amor por Rancid (llegó a publicar un Ep de versiones bajo otro nombre, y recupera alguna ahora), por el otro es sorprendente su capacidad para tocar toda clase de instrumentos y así aglutinar estilos muy diversos dentro de su amplio diccionario musical. Además de su voz dulce y angelical, usa violines, acordeones, instrumentos de juguete, y lo mismo suena un vals que una pieza de folk o un gospel con influencia de la música francesa. El suyo es un universo complejo al que, al mismo tiempo, resulta muy fácil acceder. Su música se escucha con frescura gracias a lo original de su propuesta y a que las canciones que compone están tocadas por esa varita mágica a la que sólo tienen acceso los músicos con un nivel por encima del habitual. Maia canta en inglés prácticamente todos los temas que aquí suenan, pero hay dos excepciones, “Je Suis Tranquille” y “Le Tango De La Femme Abandonnée”, interpretadas en un francés amable y seductor. Y como no, la versión de Rancid, una curiosa revisión de “It’s Quite Alright”. A seguir de cerca.